Narrativa · Crónica · Leyenda
Eduardo Samanez es el nombre literario de un docente, director y psicólogo nacido en las alturas de los Andes peruanos. Sus textos orbitan entre la crónica social, el cuento fantástico y la leyenda andina. Escribe desde Sicuani, Cusco, con la certeza de que las historias que importan siempre ocurrieron cerca de casa.
Cuento
Te estuve mirando todo el tiempo que duró el viaje, con la misma admiración de siempre; sentada justo detrás de ti, sintiendo cómo el sol puede alcanzarnos incluso cuando el auto corría tan rápido. Una leve brisa entraba por tu ventana y se encargaba de refrescar el ambiente. No hice ningún ruido ni pedí nada, ya que no quería distraer tu magistral conducción del vehículo. En pausas paulatinas volteabas a encontrarte con mis ojos, como preguntándome si estaba bien, y yo levantaba la cabeza para que pudieras ver mejor mi rostro.
Pusiste una música muy nostálgica, y el auto bailaba con el zigzag de la carretera. Debe ser bonito allá, dijiste. Te miraba y con mis oídos atentos trataba de entender el motivo de este viaje.
Durante el recorrido mencionabas los lugares que íbamos pasando. Los señalabas con tu dedo índice a ambos lados de la carretera.
Luego de un buen rato —pues perdí la noción del tiempo— llegamos a un pueblo llamado El Descanso. Bajaste del auto y luego de varios minutos regresaste con algo de comida. Me alegré mucho cuando la compartimos.
Retomamos el viaje y girando un poco la cabeza, pero sin quitar los ojos del camino, dijiste que ya faltaba poco para llegar. Luego un largo silencio viajaba con nosotros acompañado con la música de fondo.
Me recosté en el asiento, posé mis ojos en el cielo que parecía no moverse aún con la gran velocidad del auto. El viento que entraba por la ventana dejó de ser refrescante; quería pedirte que la cerraras, pero tú lo hiciste mencionando el frío que hacía. Hay un Complejo Arqueológico llamado Kanamarca, me dijiste, tratando de justificar este viaje.
La tarde terminaba y el frío se hacía intenso. Prendiste la calefacción y yo pasé al asiento de adelante. Quisiste hacer una llamada, supongo que a tu hermana, pero no se pudo conectar. Dejaste el celular y pasaste tu mano tocando mi cabeza suavemente.
Giramos hacia la derecha y volviste a intentar la llamada. Con el celular en el oído y una sonrisa me dijiste: ya llegamos a Espinar. Y terminada la frase empezaste la conversación por el celular, parecía que tu interlocutor te servía de guía y llevabas el auto por la ciudad como si la conocieras.
Detuviste el auto, te quitaste el cinturón y trataste de peinarme acariciando mi cabeza. Bajaste del auto y bordeando rápidamente el mismo, abriste la puerta del copiloto. Un hilo de viento gélido entró. Me tomaste en tus brazos como tratando de abrigarme y tocaste el timbre: aquí es.
Por fin conocí a tu hermana. Me acomodé en el sillón de la sala. Hablaste de muchos temas que no entendí: tu trabajo, un viaje y otras cosas. Luego dijiste algo que escapó de mi comprensión en ese momento. Te acercaste a mí, me diste un beso y te fuiste. Pensé que volverías pronto y estuve en el sillón esperando tu regreso.
Han pasado 4 meses. Ya me acostumbré a esta ciudad, aunque no hay agua continuamente en el día, no me afecta demasiado, y el frío ya se hizo soportable, pues tu hermana siempre está pendiente de la temperatura, y en cuanto baja, ella me abriga.
Aunque aún no conocí Kanamarca, espero que algún día, cuando llegues, podamos ir juntos a ese lugar.
Te confieso que luego de pensar todo este tiempo, ahora entiendo lo último que le dijiste a tu hermana justo antes de irte:
— Por favor, cuidas y alimentas bien a mi gata.
Y te fuiste.
— Eduardo Samanez —
Cuento
"No hay mayor causa para llorar, que no poder llorar." — Séneca
Dicen que nació un 22 de junio, María Perla Gonzales, hija única. El padre la abandonó mucho antes de que ella naciera; la madre, mujer trabajadora, le entregó sus dos apellidos y se encargó de desaparecer todo rastro del progenitor.
Escuché el rumor de que incluso el día de su nacimiento, María no lloró. La facilidad que tienen los bebés para llorar al nacer, a ella, la Pacha Mama se la quitó. Imagino que sufrió bastante al no poder comunicar sus necesidades a través del llanto. Sufrió mucho, tal vez, pero jamás lloró.
María, o Perla como todos preferían llamarla, cuando cumplió los ocho años ya todos en el pueblo conocían su "problema", pero a ella parecía no afectarle. Su rostro tierno y entristecido cambiaba el ánimo de todo el que la veía. Que no conocía el llanto hasta ese entonces es seguro; pero la risa sí, la tenía. Cada vez que reía, sus ojos mostraban todo el llanto reprimido durante tantos años. Sufrió muchas emociones y distintos tipos de dolor, algunos provocados por ella misma a su delicado cuerpo, tratando de buscar aquel llanto arrebatado desde su nacimiento.
— Los ancianos del pueblo pueden ayudarla —decían.
La madre de Perla tenía tanto miedo de que le hicieran daño a su hija tratando de sacarle lágrimas de sufrimiento y dolor. Y por eso nunca se atrevió a llevarla con los sabios ancianos del pueblo. Los rumores decían que la Pacha Mama se había fijado en ella, que algo quería de aquella niña. Los rumores se hicieron tan fuertes que hasta una niña de ocho años podía oírlos y entenderlos.
Al terminar las clases de la escuela, Perla iba tan rápido como podía para ayudar a su madre, pues lavar la ropa de otras personas no era tarea fácil; pero era lo que la madre sabía hacer. Sus manos encogidas por el agua fría aún eran suaves, tiernas y cálidas al acariciar a su pequeña hija.
— Mamá, ¿por qué no puedo llorar como lo hacen las demás niñas?
— Porque eres alguien muy especial y muy valiente. Eres Perla ¿no? Una hermosa y única Perla.
En el fondo la madre también sabía que era obra de la Madre Tierra.
— ¿Podemos ir donde los ancianos, mamá?
— ¡No! Hija, ya te dije que esos ancianos no son tan sabios como dicen. Y además no tenemos con qué pagarles.
— La gente del pueblo dice que los ancianos pueden darme el llanto.
— ¡Que no, dije!
La misma discusión se repetía una y otra vez todos los días, pero a cada instante Perla se asía fuertemente a la esperanza de que algún día iría donde aquellos ancianos y recuperaría su llanto.
Una noche de luna llena, Perla sintió que había llegado la hora de ir con los ancianos. Esperó pacientemente a que su madre se quedara dormida. Perla y su madre dormían juntas en la única cama, dentro de la única habitación que tenían. Cuando sintió que podía salir, realizó los movimientos más suaves y lentos que su pequeño cuerpecito podía hacer; por ello le tomó casi una hora salir de la casa sin que su madre se diera cuenta.
La noche se hacía clara gracias a la gigantesca luna. Perla dejó la puerta abierta para poder regresar y emprendió el camino a casa de uno de los ancianos. Mientras caminaba, imaginaba todo aquello que ella sentiría al poder llorar. El frío y el viento silbador no la detendrían. El miedo que viene con la noche, aquel que hace llorar a muchos niños y niñas, no sería obstáculo para llegar donde aquel anciano. Ella tenía confianza en que aquella noche, con la mirada fría de la luna, conocería el llanto.
Con los piececitos ya cansados de tanto caminar, se detuvo en la puerta de la casa del anciano, agachó la cabeza, y mientras levantaba la mirada respiró profundamente para llenarse de valor. Alzó lentamente la mano derecha para tocar la puerta, y justo antes de impactarla, esta se abrió. Perla se encontró con la mirada cansada y tierna del anciano: ojos casi cerrados por la edad, el rostro lleno de arrugas, los dientes diminutos pero completos, con rastros de haber chacchado coca minutos antes.
El anciano invitó a la niña a pasar a su casa. Parecía que ambos estaban ansiosos de que se diera aquel encuentro. Él puso su mano lenta y cariñosamente sobre el rostro de la niña; con el dedo pulgar abrió más el ojo de Perla, como buscando algo en el interior de ella, como si pudiera ver a través de aquel lucero todo el sufrimiento de aquella niña.
— No puedo ayudarte.
Dijo el anciano, mientras se dejó caer en una banca tan antigua como él. Perla al oírlo se quedó parada, fría, con la mirada perdida, completamente decepcionada. Si hubiera podido, seguro que lloraba. Sus labios temblaron. La única esperanza que tenía para poder llorar, con las palabras del anciano, se esfumó, se destruyó.
El anciano levantó la mirada y se enfocó en los pequeños ojos de la niña.
— Corre hacia donde nace el sol, corre sin parar, corre hasta que tus piernas ya no puedan dar un paso más. Y allí, el Apu más grande del pueblo, el más fuerte, el más imponente, hará que llores. Pero ten mucho cuidado, pequeña niña, porque te pedirá algo a cambio, y tus ganas de querer conocer el llanto podrían hacer que tomes una mala decisión. Y el Apu lo sabe.
La niña asintió, dejó al anciano, abrió la puerta y empezó a correr hacia el este. Con sus cortos pero firmes pasos, el pueblo se hizo pequeño. Empezó a subir al Apu que le mencionó el anciano; sus piernas temblaban y en momentos se rendían, pero ella quería llorar y para hacerlo tenía que seguir. Los latidos de su corazón eran tan fuertes que pudo sentir el sabor a sangre en su boca.
Tras un largo recorrido, sus piernas ya no podían dar un paso más. Se dejó caer de rodillas, y con la cara hacia el suelo esperó. Su respiración agitada se tranquilizó muy rápido y la fuerza de sus piernas regresó. Se puso de pie, y entonces el Apu le habló directamente al corazón, con aquel don que solo ellos tienen. Con palabras tan fuertes que entraron dentro de su alma y pudo oírlas en su interior.
— ¿Quieres llorar?
A lo que la niña, casi instantáneamente, respondió con una afirmación.
— ¿Por qué?
— No sé. Todos los niños y niñas lloran, y yo también quiero hacerlo. No tengo forma de desahogar mi dolor.
— Te haré sentir tanto dolor que tendrás que llorar. ¿Es eso lo que quieres?
La niña no recordó las palabras del anciano y sin pensarlo mucho aceptó.
De pronto la niña vio los primeros rayos de sol caer sobre el pueblo. Recordó a su madre y corrió de regreso a casa. Cuando llegó, su madre estaba despierta, molesta, pero con la mirada dulce como siempre.
— ¿Dónde fuiste? Todos en el pueblo comentan la muerte del anciano. ¿Fuiste a verlo?
La niña se quedó helada. No podía articular palabra. Solo negó moviendo la cabeza.
— Dicen que, de todos los ancianos, él era el único que sabía cómo hacerte llorar.
La niña, en silencio y con la mirada puesta en el suelo, empezó a ayudar a su madre en el orden de la casa.
Los días pasaron y Perla seguía sin poder llorar. Empezó a creer que todo se trató de un sueño, que en realidad nunca pasó, que el Apu jamás le habló. Transcurrieron semanas, meses, y nada extraño parecía ocurrir. Las esperanzas que tenía Perla cada día se hacían más pequeñas.
Un sábado, muy temprano, cuando Perla junto a su madre iban al río del pueblo a lavar la ropa, se encontraron con un hecho muy extraño. El río del pueblo, la única fuente de agua que tenían, estaba completamente seco. Se quedaron atónitas, ambas, madre e hija. Poco a poco se expandió la noticia por todo el pueblo. Las mujeres lloraban desesperadas y los hombres corrían de un lado a otro en lo que antes era un gran río. Perla solo miraba sorprendida.
Al día siguiente todo el pueblo estaba a orillas del río, esperando que el agua, así como se fue, regresara. Los sabios del pueblo preguntaban a los Apus y a la Pacha Mama mediante la coca, pero no tenían respuesta.
Pasaron así tres días y la gente del pueblo empezó a enfermar por la falta de higiene y deshidratación. Los frutos líquidos y refrescantes empezaron a escasear. El cielo cerró las posibilidades a una próxima lluvia, y el sol se mostró como un enemigo ígneo con su calor abrasante e insoportable.
Solo al cuarto día de este terrible agostamiento se experimentaron las enfermedades más horribles. Los niños, Perla entre ellos, eran los más propensos.
A la mañana del quinto día de sequía, el pueblo sufrió la primera pérdida humana. Sofía, compañera de escuela de Perla, probablemente de la misma edad, sufrió una de las muertes más crueles. Murió de sed.
Perla, con las pocas fuerzas que le quedaban, subió al Apu, al mismo que le dijo que le daría el llanto. Ya casi en la cumbre, tumbó su pequeño cuerpo y preguntó:
— ¿Es este el dolor que me hará llorar?
Y con la misma fuerza de la primera vez, el Apu le respondió que sí, aumentando de esta forma mucho más el dolor y la culpa.
— Entonces, ya no quiero llorar.
Nadie respondió, porque nadie la escuchó. Repitió lo mismo una y otra vez y no tuvo respuesta alguna. Cansada de esperar, cuando la noche con su manto empezaba a cubrir todo el poblado, emprendió el retorno al pueblo.
Ya de noche, Perla llegó a casa y encontró a su madre muy enferma. Tendida en la cama como nunca la había visto. Ella quiso llorar, pero no pudo. Solo acarició la frente de su madre, que atinó a sonreír. El cansancio y la debilidad terminaron por hacerlas dormir; pero a una de ellas para siempre.
El pueblo amaneció tan triste como el día anterior, pero con más pérdidas, más dolor y más llanto. La impotencia de los ancianos se reflejaba en todo el pueblo. El pueblo se sumergió en un ruego común, en una súplica por agua.
Perla abrió los ojos y su madre aún estaba en la cama. Fue la primera vez que ella despertó antes que su madre. Le dio un beso en la mejilla y la sintió muy fría. Ella en su interior sabía lo que eso significaba. Trató de mover a su madre para despertarla, gritó con fuerza, pero fue inútil.
Con el dolor más grande que puede sentir una niña en su corazón, Perla salió de casa y empezó a correr hacia el este, hacia el Apu que le quitó a su madre. Se posó en una piedra y recordó las palabras del anciano: "te pedirá algo a cambio". En ese momento sintió como si el corazón se le partiera en dos, todo su cuerpo empezó a temblar, y pegó un grito desgarrador desde el fondo de su alma. Y sintió como si todo el dolor acumulado durante tanto tiempo, y sobre todo de aquellos días de sequía, como si el dolor de perder a su madre para siempre, se transformara en rocío. Pudo sentir en sus ojos el brotar gélido de una lágrima hecha dolor. Con la mirada perdida y los labios temblorosos, Perla empezó a llorar, a llorar sin parar, a llorar para siempre, humedeciendo con sus lágrimas al Apu, a las faldas del mismo, a la tierra de todo el pueblo, haciendo con su llanto que el único río del pueblo recuperara su cauce.
Aún hoy se la puede ver, sentada sobre una piedra llorando de dolor, brotando de ella un río que le recuerda al pueblo que… "no hay mayor causa para llorar, que no poder llorar".
— Fin —
Cuento
Hoy… sí; creo que fue hoy. Muy temprano desperté, el sol apenas empezaba a mostrarse, pero la luz de ese débil amanecer aún no calentaba lo suficiente a la ciudad, por ello sentí algo que hace mucho no sentía: frío, mucho frío. En mi cabeza adolorida y muy confundida giraban las preguntas: ¿qué pasó? ¿por qué estaba dormido en ese lugar? Sé que el concreto de una vereda no es un buen lugar para pasar la noche; solo unos cartones acolchonaban pobremente la dureza de la acera.
Miré a los lados y me toqué la cabeza con una mano, tratando de arreglar mis cabellos, pero estaban demasiado enredados, muy largos, y embolillados cual lana ovina. ¿Era acaso un estúpido mal sueño? Miré mis pies, ¡Dios mío! Sin calzado, oscurecidos por el sol y desastrosamente descuidados. ¿Son realmente mis pies? Me pregunté. Percibí un olor desagradable; mezcla de sudor, comida putrefacta, ropa sucia y hasta eses y orines. Miré mis manos… llenas de callos, sucias, con algunas heridas que solo al verlas activé el dolor. ¡Ay qué dolor!
Cerré los ojos fuertemente y sacudí la cabeza. Mi ropa estaba muy sucia y demasiado dañada; estaba vestido con harapos que no recordaba cuándo me los puse. Si era acaso un sueño, quería despertar en seguida.
Logré ponerme de pie, confieso que con mucha dificultad. La pared siempre es buena aliada. Me costó mucho empezar a caminar; los dedos de los pies estaban completamente entumecidos. ¿Qué rayos me pasó?
Las personas iniciarían su día y no podía dejarme ver así. Necesitaba esconderme, ocultar mi ser del mundo entero. Fijé la mirada en el horizonte de la calle y las casas ordenadas en los lados me mostraron una realidad que hasta ese momento no había tomado en cuenta… no conocía esa calle. ¿Dónde estoy? Dije en mi mente, sin saber aún qué estaba pasando.
Mis primeros pasos fueron entre torpes y dolorosos. Si no sabía dónde estaba, ¿hacia dónde tenía que dirigir mi caminar? Me puse nervioso y mis labios resecos me pidieron agua. Las manos caídas, la espalda pegada a la pared y mi vista perdida en la nada fueron testigos de una lágrima de desesperación, incertidumbre, nostalgia y una enorme impotencia.
Tenía que dejar la vergüenza y preguntar a la gente el nombre de la ciudad, de repente el año, o simplemente pedir ayuda. Pero si lo hacía, seguramente pensarían que estoy loco. ¿O es que acaso lo estaba? Me pregunté entonces: ¿dónde estaba mi madre? ¿mi padre regresó a casa? ¿salieron a buscarme?
Los minutos pasaban y la gente no salía de sus casas. Entonces escuché unos pequeños pasos cortos y una respiración agitada. Volteé rápidamente y me topé con la mirada asustada y perdida de un perro.
— ¿Estás perdido?
Le dije, pasando mi mano sobre su cabeza. Entonces pude ver: perro blanco, mancha gris en la cabeza, pata izquierda negra, cola mal cortada. No había duda, era mi perro. Pero ¿cuántos días pasaron? Me arrodillé frente a él y lo llamé por su nombre.
— ¿Duba?
Sus ojos se enternecieron, movió el pedazo de cola que le quedaba y saltó hacia mí. Su alegría por un momento me hizo olvidar lo que estaba pasando. ¿Qué nos ocurrió?
Las horas pasaron y junto a Duba nos quedamos sentados en un paradero, con la vaga esperanza de que alguien viniera por nosotros. Sé que no fui un buen hijo, ni siquiera un buen amigo. Pero, ¿nadie? ¿me dejaron solo?
El hambre hizo que buscáramos alimento. Llegamos a un puente que reconocí en seguida, y mi corazón se aceleró de emoción pues, aunque la ciudad estaba distinta, el río seguía en el mismo lugar donde mi mente lo recordaba.
A unas metros, se abrió una puerta y se asomó el rostro de una mujer adulta que, al verme, rápidamente cerró la puerta. Al pasar por allí pude escuchar:
— Ahí afuera está el loco con su perro.
— Mejor espera que se vaya o échale agua.
Una lágrima rodó por mi mejilla. Era un loco. ¿En qué momento enloquecí? Solo quería llegar a casa, abrazar a mi madre y llorar todo lo que un loco puede llorar. ¿Es la sociedad la que hace que los cuerdos sean más locos? ¿Es la locura una etiqueta social que se borra cuando nadie la menciona?
Me infiltraré entre ellos para vivir en sociedad. Estoy seguro de que hay mucha gente en este mundo simulando cordura para ser aceptados. Con la posibilidad de reintegrarme, intenté caminar a casa. Fue difícil reconocer el camino, pero con mucha suerte y con la ayuda de Duba lo conseguimos.
Ahora, justo ahora, no estoy seguro de tocar la puerta de la casa que alguna vez fue mi hogar. Pero tengo que dejar de escribir, pues hay un loco tocando mi puerta.
— Fin —
Cuento
María era una niña que vivía justo al lado de mi casa. Compartía el único cuarto alquilado con su mamá y su hermana mayor. Ellas eran muy pobres, pero casi nunca pedían apoyo de nadie.
La mamá salía muy temprano a recoger algunos objetos de la basura para venderlos o usarlos, incluso algunas veces para comerlos. Muchas veces tuve que alcanzarles parte de mi almuerzo a las dos niñas porque su mamá demoraba mucho en regresar. Ellas podían esperar, pero el hambre no.
Don Carlos era el adinerado del barrio, un hombre alto, separado de su esposa hace muchos años. Los días que se quedaba, muy temprano en la mañana, llamaba a las niñas a su casa, solo a las niñas, y las tenía ahí por horas. Al salir, las niñas salían contentas, con algunos víveres, juguetes y hasta ropa nueva. La opinión del barrio estaba dividida: algunos pensaban lo peor; otros creían que era un hombre solitario que daba cariño a esas niñas.
Hubo una noche en que todos los vecinos creían que el otro era el que estaba vigilante. La mamá de María no retornó temprano. Yo estaba ya dormida cuando los gritos de la calle me despertaron.
Me quedé en silencio y mis ojos se llenaron de lágrimas al ver la escena: eran las niñas, una de ellas semidesnuda e inconsciente, y la otra, María, en shock. Los vecinos tenían agarrado a don Carlos, todo ensangrentado, con la camisa rasgada, sin mirar a nadie.
Llegó la ambulancia por las niñas y la policía por don Carlos. Al día siguiente, el abogado de don Carlos logró que lo liberaran.
— El ingeniero Carlos es completamente inocente de lo que se le imputa.
— ¡Pero si se encontró flagrante! —dijo un vecino furioso.
— El ingeniero estaba dando respiración asistida a la niña para salvar su vida, pues la encontró en ese estado.
— ¿Y los golpes de su rostro y la camisa rota?
— Los golpes los recibió minutos antes, tras ser asaltado. De todo ello se está encargando nuestra Policía Nacional. Muchas gracias.
Y se subió a la camioneta negra y se fueron, dejándonos conmocionados e impotentes.
Pasaron dos días. Las dos niñas estaban despiertas, pero sin querer hablar. Solo las trabajadoras sociales y psicólogos estaban con ellas. Luego de interminables horas de espera, María por fin pudo hablar. Lo primero que dijo fue:
— El señor Carlos me defendió, pero no pudo defender a mi hermana. Solo le ayudó a respirar, pero llegó tarde. Mi padre ya la había castigado muy fuerte y muy feo.
— Pseudónimo: Killa —
Crónica
Los días pasaban y nadie se atrevía a hablar del tema; el asunto flotaba por el aire, pero nadie quería respirarlo.
Era lunes 28 de mayo del 2018. El sol de mediodía se mostraba en un cielo serrano completamente despejado. Faltaban solo 12 minutos para que la sirena diera fin a la jornada del primer turno.
Algunos docentes miraron de reojo la llegada del colega de 65 años, cumplidos justo una semana antes: 35 años de trabajo dedicados a la educación de nuestro país. Junto al asesor del área de letras planeamos realizar una despedida. No hubo un docente de la especialidad que negase su participación, pero a nadie le gustaba hablar del tema. Me incluyo.
— Imagínate, cada día al despertar, alistas aquel maletín que lleva dentro toda la experiencia de más de 30 años, sales de la casa a la misma hora, todos los días de lunes a viernes, durante más de la mitad de tu vida. Y llega el momento en que ya no lo harás más. Nunca más.
Me quedé sentado en una banqueta. Saqué del maletín un libro: Tungsteno, de César Vallejo, el mismo que mi padre me hizo leer cuando niño. Leí no más de una página y la sirena anunció el fin de mi lectura.
— ¡Tungsteno!
Dijo aquel docente de 65 años, mientras posaba su cuerpo en la misma banqueta. Vi cómo sus ojos se perdían entre el desorden y la bulla de los estudiantes. Y de pronto, sin distraer su mirada, me comentó:
— ¿Sabes? Ya no vendré desde mañana. Hoy es mi último día. Yo sé que todos me miran con cierta lástima, pero nadie quiere hablar del tema. Antes quería más tiempo para mí, y ahora simplemente no quiero tener que irme del colegio.
Tras decir esas palabras agachó la cabeza. La voz se le hizo de un tono más agudo y optó por callar. Apretó los ojos, respiró profundamente, se levantó del asiento y empezó a caminar por última vez hacia la puerta de salida. Justo antes de salir, volvió su rostro para encontrarme sentado, perplejo y en silencio, en la misma banqueta en la que hoy, después de tanto tiempo, recuerdo aquel instante.
Ya no volví a saber de él. Ya nadie comenta nada, como si nunca hubiera existido un docente con aquel nombre en esa institución. Lo dejaron fuera del juego: más de 30 años de labor y lo olvidaron en menos de 30 días.
— Eduardo Samanez —
Relato
— Cuéntanos un cuento.
— Sí, uno de cuando eras niño.
Me pidieron mis nietas. Y tras sentarlas a mi lado y ponernos todos cómodos en el pequeño cuarto, con un foco de baja luz y las paredes mal pintadas que dejaban al descubierto el adobe y la paja, me transporté en el tiempo, recordando momentos de mi niñez, de aquel niño huérfano que correteaba en las alturas como vizcacha y que antes de ser adolescente se hizo hombre. Cerré los ojos y tras un profundo suspiro empecé a narrar…
Cuando era niño, muy niño, una wawa todavía, allá en Maranganí, mi papá se fue; creo que se murió. Yo y mis hermanitos no entendíamos qué pasó. Mi única referencia del trato paternal es la que recibí de mi padrastro. Casi no recuerdo su cara, pues nunca lo miré a los ojos. Siempre agaché la cabeza cuando él se paraba frente a mí. Por eso tengo la imagen de sus piernas robustas, a veces con zapato, botas y otras con ojotas, oliendo a una mezcla de coca, alcohol y bosta, bien plantado en suelo, golpeándome o insultándome. Nunca supe el motivo de sus maltratos; creo que lo hacía porque era varón.
Casi nunca me daban de comer. Solo cuando él se iba, mi mamá nos alcanzaba "comidita". Por ese momento éramos felices. Pero cuando él llegaba, nuestra felicidad escapaba inmediatamente.
En las mañanas pegaba mi espalda en el suelo en medio de los surcos dentro de las chacras, mirando hacia el cielo, y podía sentir el calientito del suelo, que para mí era lo más cercano a un abrazo. Me quedaba allí hasta que se hacía tarde, y buscaba algunos frutos de la chacra para comer. Cuando los dueños nos capturaban, nos castigaban duro. Entonces llorando nos tirábamos entre los surcos a sentir ese abrazo cálido de la Pacha Mama.
Y descubrí que la tierra, la Pacha Mamá, me adoptó como su hijo. No como hijastro, sino como su hijo legítimo. Me daba mi agüita, mi comidita, me abrazaba y me calentaba igual que una madre. Por eso cuando subía al cerro hablaba con mi madre, con la madre tierra, y le agradecía por todo lo que me daba. Muchas veces incluso con lágrimas, porque gracias a ella estaba vivo.
Todos los días, a las once de la mañana, podíamos ver el paso siempre bullicioso del tren. Nosotros agitábamos las manos levantadas para saludar. Y con cada paso del tren mi cuerpo fue creciendo, y cuando tenía doce años más o menos me fui caminando hasta Sicuani, sin avisar a mis padrastros ni a mis hermanitos.
Llegué a la estación de trenes en Sicuani y me subí de palomo sin saber a dónde me llevaría. Tras escuchar el sonido del tren, mi corazón saltó de miedo. Y con el primer movimiento, la tristeza me llenó los ojos de lágrimas. La veía por las ventanas, toda verde e infinita, tan buena, tan fuerte…
— Pseudónimo: Mena —
Crónica
Lo contrataron para trabajar un lunes por la tarde. Su hermano dijo que fue él quien lo contrató para que le ayudara con una "chambita". Se trataba de unos acabados en yeso de una construcción nueva en la Urb. San Isidro en Sicuani.
Edwin A. Q., alias "El Sapucha", tenía 3 meses y algunos días en libertad, tras salir con beneficio del penal "San Judas Tadeo", en donde purgó una condena de 60 meses. Al ingresar al reclusorio tenía solo 23 años. Su delito fue hurto agravado; con sus antecedentes fue difícil su defensa.
El día martes 05 de octubre del 2021 trabajó todo el día junto a su hermano. En la noche, tras recibir un adelanto del contratista, los dos hermanos se fueron a "divertir" en un antro clandestino pero muy concurrido, con atención a puerta cerrada por las prohibiciones propias de la pandemia. Consumieron alcohol hasta perder la sobriedad. Al ver agotadas las opciones de conseguir más, buscaron hurtar algunos equipos tecnológicos. En su confesión, el hermano me contó:
— Nos hicimos varios "huaquitos" esa noche.
Ya con los equipos hurtados, los hermanos se separaron en otro local. Al alba, "El Sapucha" quiso tomar los servicios de un mototaxista, quien al ver su estado pidió el pago por adelantado. Al buscar en los bolsillos del pantalón, no encontró dinero ni otro objeto de valor, lo cual se presume fue hurtado en el local.
Bordeando las 9:00 a.m. del día miércoles, lo capturaron unos vecinos de la Urb. San Isidro, tratando de hurtar la antena de un auto. Su estado de ebriedad no le permitió defenderse ni escapar, y tuvo que soportar varios golpes por parte de la turba enardecida del barrio. Luego de la golpiza lo dejaron allí tirado a un lado de la calle.
Ese fue el último rastro que encontré de él. Su hermano me pidió que lo ayudara a encontrarlo. Al día de hoy —13/11/2021— aún lleva desaparecido. Me pidió también que no involucrara a la policía.
— Si ellos investigan, encontrarán muchas pruebas y evidencias para encerrar de nuevo a mi hermano. Recuerda que salió solo con beneficio —me suplicó.
¿Querrá "El Sapucha" ser encontrado?
¿La turba del barrio acabó con la vida de "El Sapucha"?
¿Su hermano realmente lo está buscando o lo está ocultando?
¿Dónde está "El Sapucha"?
— Eduardo Samanez —
Leyenda Andina
Dicen que los ríos y sus aguas son seres inertes. Dicen que no tienen vida. Pero también oigo a todos decir que el río Vilcanota nace en Kunurana, allá en las alturas de La Raya, justo donde se unen los departamentos de Cusco y Puno. Y entonces yo me pregunto: ¿por qué dicen que nace, y luego dicen que es un ser inerte? ¿No es acaso el nacimiento el origen de la vida?
Estoy seguro de que este, mi querido Willcamayu, y sus sagradas aguas encierran más vida que cualquier otra especie. Y en su infinito fluir místico, nos llena de leyendas que ya son parte de una larga tradición cultural de los Canchis.
Al morir, los hombres eran trasladados al lugar donde yacen los muertos. Pero si tuvieron una vida pecaminosa, no podían ser llevados al Ukupacha y quedaban "condenados" entre la tierra de los vivos y los muertos, caminando, "penando", tratando de subir al Apu Jururo para descansar en paz. Pero no lo lograban.
Al ver esto, el misericordioso Inti dejó caer parte de su pureza desde la cumbre de uno de los Apus más altos, derritiendo los nevados más fríos, y de gota en gota formó un pequeño torrente que en su largo caminar fue creciendo y aumentando su cauce purificador. Entonces los "condenados" podían limpiar sus malas acciones si lograban pasar de una orilla a otra del sagrado río. Todos se aventuraron, pero sin éxito: solo lograban ser arrastrados por la corriente, para regresar y volverlo a intentar una y otra vez.
Pero un día, uno de estos condenados que nunca se había atrevido a pasar se levantó. Y cargó con ternura a su único compañero: un perro que, condenado o no, estaba siempre a su lado. Aquel que fue en vida su mejor amigo también lo acompañó en la muerte.
Ambos saltaron al Willcamayu. Las aguas golpeaban las piernas del condenado mientras el perro, asustado, movía sus patitas tratando de nadar en el aire. La profundidad del río hizo que cayera y soltara a su perro. Al caer de lleno en las aguas, el perrito nadó con todas sus fuerzas y sujetó a su compañero con los dientes, logrando que se pusiera en pie. El Willcamayu es justo, y calmó sus aguas, ya que el perrito no tenía malas acciones. Aprovechando esto, el condenado se apresuró, y entre saltos, brazadas y caídas leves, los dos lograron atravesar el río. Y por fin limpiar su alma para descansar en paz.
Al ver esto, el resto de condenados buscó un "guía espiritual", un ser vivo que les ayudara a pasar el río para así purificar sus almas. Ya que el Willcamayu no castiga a los seres inocentes de la naturaleza. Así de sabio es nuestro querido río.
Kunurana: Montaña del Perú, a 4.894 msnm.
La Raya: Punto más alto de paso entre las provincias de Puno y Cusco.
Willcamayu: Nombre ancestral del actual río Vilcanota.
Ukupacha: En la mitología inca, el mundo de abajo.
Kaypacha: En la mitología inca, el mundo de los vivos.
— Pseudónimo: Michicha —
Cuento Infantil
Desde hace mucho tiempo se ha pensado que el miedo y la oscuridad son aliadas. El primero es producto del segundo; es por ello que todos queremos dormir con la luz encendida.
Esta es la historia de Paulina, una pequeña monstrita que vivía con su mamá y papá monstruos. Desde que nació dormía en medio de sus papás, escuchando las mejores historias de miedo, las más terroríficas hazañas de su padre y los mejores sustos que provocó su madre.
Pero cuando cumplió 6 años, sus papás le regalaron una habitación para ella sola. Era un 22 de junio, noche muy fría y muy oscura. Sus padres le contaron un hermoso cuento de terror, le dieron un beso de buenas noches, apagaron la luz y salieron de su habitación. La monstrita, al ver su habitación sola y vacía, tomó las cobijas y las jaló hasta tapar sus ojos: siendo monstrua ella, estaba sintiendo miedo. Sintió mucha vergüenza, ya que todas las historias que le contaron sus padres se desarrollaban en las noches.
Pero no obstante, no llamó a sus padres. Se incorporó valientemente, usando solo las puntas de sus pies se acercó al interruptor de la luz y la encendió. Regresó casi corriendo a su cama, se volvió a enterrar y sintiéndose más segura con la luz encendida, pudo dormir.
A la mañana siguiente, la mamá de Paulina entró en su habitación y al ver la luz encendida hizo despertar a su hija. En ese momento Paulina recordó lo que pasó en la noche, pero no se atrevió a contarle nada. Aun así, volvió a suceder la segunda noche. Y la tercera. Hasta que al fin, con los ojos repletos de lágrimas, Paulina abrazó muy fuerte a su madre y le contó la verdad: que ella tenía miedo a la oscuridad.
Su mamá la miró muy tiernamente y tras una sonrisa le dijo:
— ¿Quién te dijo que los monstruos no tienen miedo?
Paulina, con los ojos repletos de lágrimas, miró a su madre y le preguntó:
— ¿Tú también tienes miedo?
Su madre, asintiendo, la abrazó fuertemente y le dijo que tenían que hablar con su padre para que juntos encontraran una solución. Desde ese día sus padres dejaban la luz encendida para que Paulina pudiera dormir sin temor.
Pasaron los días y al final del mes sus padres monstruos se dieron con una sorpresa al ver el recibo de luz, pues el consumo estaba muy por encima del mes anterior. Se miraron a la misma vez y en coro dijeron:
— La luz de Paulina.
Muy preocupados pensaron en alguna solución. No podían dejar a su monstrita sufrir de miedo. Luego de mucho meditar, decidieron cambiar todos los focos de la casa por tecnología LED, y quedarse en la habitación de Paulina hasta que ella se quedase dormida. Porque malgastar la energía da más miedo que la oscuridad.
— Pseudónimo: Eduardo Samanez —